Hablar de las emociones como si fueran frutas

¿Cómo hablas de las manzanas, los plátanos o las peras mientras juegas con tu hijo ? ¿O a la hora de la merienda?

En casa nos gustan las frutas, a los peques y a los mayores. Nos gusta comer fruta a diario. Y jugar a ir a comprar frutas y verduras (¡y pan!) a “Ca la Trini” – esta es nuestra verdulería en la vida real- se ha convertido en uno de los juegos más repetidos.

Hablamos de las frutas con naturalidad, de forma relajada, aceptándolas todas sin juzgarlas, sin esconder ni obviar ninguna, porque cuanta más variedad más interesante es el juego y más aprendemos.

Hablamos de las frutas por su nombre. Una, dos, tres… ¡muchas veces! Repetimos su nombre cuando aparecen en la vida real, mientras jugamos o leemos cuentos. I poco a poco el peque aprende a identificarlas.

Enseñamos también que cada fruta es diferente y por eso necesitamos aprender qué hacer con cada una de ellas. Con la mandarina las manos se ensucian más y frecuentemente las tenemos que limpiar al terminar, el plátano es más “limpio” pero su dulzor nos da más sed, la uva la cortamos a trocitos para no atragantarnos porque él aún es pequeño,…

Así, de la misma maneras que hablas de las frutas, habla de las emociones.

Sabemos que, aunque no es para nada el único factor determinante, las familias tenemos un papel relevante en el grado de desarrollo de consciencia y regulación emocional de los niños y adolescentes. Y que empezar a trabajarlo en la primera infancia es predictor de buen desarrollo socio-emocional posterior.

Los niños que entienden y reconocen sus propias emociones y las de los demás son capaces de gestionarlas mejor y tienen mayor éxito en los dominios socio-emocionales: menos conductas inapropiadas, mayor autocontrol, cooperación y otros comportamientos prosociales con niños y adultos, entre otros efectos positivos.

Puede pero que hablar de las emociones des de la calma y aceptación resulte mucho más complicado que cuando lo hacemos sobre frutas. Lo que sentimos cuando nuestro hijo experimenta algunas emociones – nuestra impotencia, desesperación, estrés,… ante su enojo, miedo, tristeza- puede dificultar mucho nuestra labor educativa.

Además, es común que nombrar las emociones de tu hijo te requiera un gran esfuerzo y hasta te sientas muy raro haciéndolo las primeras veces! No estamos acostumbrados a hacerlo: no era así la educación de hace unas pocas décadas cuando “no llorar era de fuertes” y evitar hablar de las emociones la norma. Quizás empezar leyendo cuentos en los que aparezcan emociones de forma explícita te sea más cómodo.

Ayuda a tu hijo a reconocer sus propias emociones aceptándolas y poniendo nombre a lo que siente. ¡Empieza incluso antes de que aprenda a caminar!

“veo que estás muy contento”

“hijo mío, hoy te sientes triste”

“es normal que te enfades, a mi tampoco me gusta cuando me quitan mis cosas”

Recuerda que eso no significa dejar pasar cualquier forma de expresión emocional ni conducta.

¿Cuantas frutas reconoce un niño de 6 años?

Nuestro “objetivo” con las emociones es mucho menor. Seguro que estos primeros años de vida ya os darán muchas oportunidades para ponerlo en práctica en la vida real pues se viven verdaderas macedonias de emociones. Puedes usar también las emociones que sienten los personajes de cuentos o películas, o libros creados específicamente para aprender las emociones -empezar por aquí quizás te sea más cómodo-

Empieza con un vocabulario sencillo que incluya

alegría (contento-contenta)

amor

calma

enojo (enfadado- enfadada)

tristeza

asco

Para continuar con otros como la envidia, los celos, la satisfacción, frustración, gratitud,…. que requieren de un nivel de comprensión mayores.

Bibliografía:

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Blewitt, C., Fuller-Tyszkiewicz, M., Nolan, A., Bergmeier, H., Vicary, D., Huang, T… Skouteris, H. (2018). Social and Emotional Learning Associated With Universal Curriculum-Based Interventions in Early Childhood Education and Care Centers. JAMA Network Open, 1(8), p. e185727.

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López Cassà, È. (2011). Bases didácticas de la educación emocional: un enfoque practico. En  R. Bisquerra (ed.), Educación emocional para educadores y familias (pp. 71-88). Bilbao: Descalée.

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