Rabietas en la primera infancia, ¿cómo gestionarlas?

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Me parece peligroso, así que rápidamente le saco las tijeras de las manos, mientras malpienso de la persona que las ha dejado encima de la mesita. Le ofrezco las suyas, “baby friendly” les llaman, porque no cortan nada. Dicen que cortan papel, pero me parecen una de las cosas más engañosas que he comprado jamás. Cortan papel si lo mantiene tensado con las dos manos, y entonces ya no te quedan para coger las tijeras. Evidentemente es demasiado complejo para un niño que justo empieza a recortar. Eso sí, son seguras y por eso las conservo encantada. Se las doy.

Evidentemente ahora no las quiere. – La otra, otra, otra!!– repite persistentemente, cada vez con el tono más rígido y el volumen más alto. Se lo intento explicar, pero por ahora de poco sirven mis explicaciones. Por su cara se que si continuo con mi idea la cosa se pondrá complicada.

Guardo las tijeras que cortan en su lugar. Un sitio en alto, lejos de él.

Imagino que debe haber sido como si a mi me enviasen el móvil a la luna para siempre jamás, porque de repente se sienta al suelo y se pone a llorar. Bueno, no, a chillar. Lo cojo en brazos. Acepta y parece que le ayudan a calmarse, pero no han pasado ni 20 segundo que vuelve a chillar, su cuerpo gana fuerza y se curva hacia atrás como si en vez de un hijo se tratara de un puente. La cabeza!– grito. Demasiado tarde, se ha dado un golpecito contra la pared… ¿por qué narices tenía que estar tan cerca de nosotros esta pared? La cosa continua por un rato, y me tengo que esforzar mucho para acompañarlo como quiero. Cuando termina nos abrazamos de nuevo y todo vuelve a su lugar. Sale el sol. Pienso que aún he tenido suerte- esta vez estábamos él y yo solos, sin la suegra, la vecina o medio autobús clavándonos los ojos a la espalda y opinando sobre lo que nadie les ha pedido- .

Te suena la historia?

Les rabietas llegan. Antes o después, más o menos frecuentes, más o menos sutiles. Pero llegan.

Me gustaría encontrar otro nombre para describirlas. Tras esta palabra se han dejado caer demasiadas connotaciones negativas que dudo poder abolir con un escrito, una charla, un curso, un libro o centenares de ellos. Las cosas pueden cambiar para mejor- estoy convencida de ello- pero poco a poco.

Si la vida tuviese banda sonora me gustaría que sonase “Have you ever seen the rain” en la escena en la que me toca vivir una rabieta de mi hijo. ¿Por qué?

Antes que nada porque un poco de música conocida sacaría tensión a la situación, ayudándome a encontrar la calma, y una pizca de humor, cuando más lo necesito.

Pero también porqué las rabietas son eso: un aguacero, una lluvia rápida en un día soleado. Unas cuantas gotas que no dejan indiferente pero que pasan. Una “tormenta emocional”1 dentro del cerebro de un niño.

Puedes enseñar a tu hijo que cuando llueve no hay nada que hacer, o puedes decidir que la lluvia te da la gran oportunidad de salir a hacer chip-chap a los charcos o quedarse en cada haciendo madalenas deliciosas. Yo prefiero verlo como una oportunidad.

Acompañar una rabieta para mi significa eso: enseñar que la lluvia (la frustración, la rabia, la ira, el enojo,…) vendrán, forma parte de nuestra vida, pero que podemos decidir que hacer con ella para sentirnos mejor. Nos podemos quedar inmóviles, mojarnos, empaparnos y coger frío, o podemos hacer que la situación pase de una forma más agradable.

Propuestas para ayudar a tu hijo/a a gestionar sus emociones negativas:

1. Ponte tu primero bajo cobijo

Las rabietas te harán sentir. Inevitablemente. Pondría la mano en el fuego. La vida hace sentir, y las pataletas no son la excepción. Será impotencia, frustración, enojo, rabia, o quizás confianza,… pero te harán sentir. Si te quedas empapada y húmeda bajo tu tormenta emocional te será imposible acompañar la de tu hijo/a.

Así que primero ponte tu bajo cobijo: acompáñate para poder acompañar. Pon atención a la emoción que te despierta la rabieta en aquél instante (es probable que esa emoción cambie en función de la situación, tu cansancio, el entorno…) y, antes que hagas nada, gestiona su intensidad. Aunque no es recomendable alejarse del niño en medio de una rabieta, si tu emoción es muy desagradable e intensa, puede ser adecuado dejarle temporalmente con otra persona y explicarle que la madre/el padre necesita un momento para calmarse. Se trata de evitar hacer o decir cosas de las que nos pudiésemos arrepentir luego.

2. Actúa antes que llueva

No podemos evitar que lleguen las rabietas, pero podemos cuidar algunos factores que ayudaran al niño a gestionar su frustración un poco más fácilmente cuando llegue. Las rabietas son más frecuentes cuando los niños tienen hambre o sed. Las rutinas (siempre que no sean rígidas) pueden ayudar. Pon atención a sus necesidades básicas y si estás pueden estar teniendo un papel relevante en su modo de expresar las emociones.

3. Ponte sus gafas

Empatiza. Intenta de todas todas entender los motivos de tu hijo, por muy absurdos que te parezcan. No te pido que los compartas; es lógico pensar que las motivaciones y razones de un niño de 2 años serán diferentes a las de los adultos, pero no por ello menos importantes.

4. Comprende la emoción que siente, acéptala, y ponle nombre

No le niegues el derecho a enfadarse, sentirse triste, tener miedo,… no niegues ni menosprecies sus emociones negativas. Todas las emociones son buenas para el desarrollo de la persona y ahora tienes delante una magnífica ocasión para que aprenda cómo gestionarlas. Acepta y valida la emoción que siente tu hijo/a. Y etiquétala.  No es lo mismo sentirse enfadada que saber que te estás sintiendo enfadada. La sensación amorfa de no saber qué pasa desaparece cuando la persona que te da más seguridad en este mundo – idealmente los padres o otro tutor- te explica que aquello que sientes es normal y tiene nombre. Sentirse comprendido facilita el inicio de la regulación emocional.

5. Enséñale formas de expresión apropiadas

¡Ei, no se vale todo! Puedes enfadarte y expresarlo, pero hay formas adecuadas de hacerlo. Ayúdale a expresarse con palabras de forma respetuosa.

6. No pongas límites a lo que siente, sí a su conducta

No le dejes hacer cualquier cosa. Inmerso en su tormenta emocional podría hacerse daño a si mismo o a los demás. Manteniendo siempre el respeto, desde la mayor calma que encuentres y desde la seguridad de estar haciendo lo correcto para él/ella, cógele la mano y acompáñalo para que no haga daño. Ayúdale a entender que las conductas violentas e irrespetuosas no son conductas adecuadas y alejan del bienestar emocional. Sé el/la primero/a en mostrar ejemplo.

7. Ofrece alternativas a su conducta

Guíale para escoger alternativas que le hagan sentir mejor y canalizar la emoción desagradable. A los niños más pequeños es preferible ofrecerles 2 o 3 alternativas entre las que escoger, mientras que a partir de los 3-4 años podemos optar por preguntas del tipo “¿Cómo crees que lo podríamos arreglar?” “Que te parece que podrías hacer ahora?” que impulsan hacia el razonamiento y cuidan el autoconcepto del niño.

8. Distrae transitoriamente

Aunque la distracción (persistente) en adultos no es una estrategia saludable para gestionar las emociones, sí es adecuado hacerlo transitoriamente con los niños. Le ayudará a disminuir la intensidad emocional, y le será más fácil escucharte y poder razonar.

9. Recuérdale que ahora también le quieres

Sea cual sea la emoción que sienta. Hay niños/as que piensan ser menos queridos cuando se enfadan o se sienten tristes. Evita que esto suceda mostrando efecto también en estos momentos – siempre que sea bienvenido- y diciéndole con palabras “hijo, te quiero mucho“. No tengas miedo en decírselo una y otra vez.

10. Dedícale tiempo de calidad

Estos momentos del día en el que estás 100% para él/ella, con atención plena, durante el juego, el baño, mientras le haces masajes, caricias, o le lees un cuento también ayudan. Procura continuar teniendo vuestro tiempo, por corto que sea, cada día.

11. No cedas, excepto si expresa una necesidad

Si tu motivo te parece necesario, razonable y respetuoso no cedas. Pero si la rabieta responde a una necesidad insatisfecha (hambre, sueño, necesidad de recibir afecto, un ambiento tranquilo,…) entonces procura solucionarlo de la mejor manera y ofrécele lo que necesita: satisfacer su hambre, su sueño,…

Para terminar, recuerda darle tiempo. La duración media de una rabieta son 3 minutos, se puede alargar más! Nosotros también necesitamos nuestro espacio de tiempo para apaciguar la frustración. Tarde o temprano pasará. Quédate a su lado.

A mi me es muy útil repetir en voz alta “Hijo, te quiero, esto pasará” aunque a veces no se si esto último se lo estoy diciendo a él o a mi misma.

Bibliografía:

  1. Goleman, D. (1996). Inteligencia emocional. Barcelona: Kairós.

Bilbao, A. (2015). El cerebro del niño explicado a los padres. Barcelona: Plataforma editorial.

López- Cassà, È. (2019). Educar las emociones en la infancia (de 0 a 6 años). Madrid: Wolters-Kluwer.

Medina, J.  (2013). Viaje al cerebro del niño. Cómo criar a un niño inteligente y feliz. Barcelona: Paidós.  

Potegal M, Davidson RJ. (2003) Temper tantrums in young children: 1. Behavioral composition. J Dev Behav Pediatr, 24(3):140-7.

Sisterhen, L., Wy, P.  (2020) Temper Tantrums.   StatPearls. Treasure Island (FL): StatPearls Publishing. Recuperat de https://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK544286/

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